jueves, 13 de noviembre de 2014

COLUMNA

Las justicia de los vándalos 


 Apolinar Castrejón Marino 

En la obscuridad del callejón en la noche, un individuo se introdujo a la tienda, y ya en el interior palpaba con las manos las paredes, y los muebles, buscando algo de valor, pero de manera imprecisa e insegura.
Llevaba las manos muy abajo, procurando no tropezarse con una silla o una mesa, cuando algo metálico y puntiagudo le dio en el ajo, reventándoselo completamente. El hombre gritó y cayó al suelo retorciéndose de dolor.

Debido al ruido y a los gritos, el dueño llegó armado con un palo, seguido de su esposa y un criado, a ver quién se había metido a su domicilio. Al ver al hombre herido, optaron por llamar a los guardias.
Al día siguiente todos se presentaron ante el príncipe, quien gobernaba de manera sabia y justa ese pueblo del lejano oriente. El herido se encontraba con una venda cubriendo su ojo dañado. Los dueños de la casa estaban ahí para presentar su queja de haber sido invadidos en su propiedad.
Entonces el príncipe le preguntó al hombre herido qué podía decir en su defensa. Y entonces él le dijo que se llamaba salím y que se dedicaba al humilde oficio de robar, y que en la noche anterior había confundido la tienda, con el taller de tejido de telas y alfombras, y que se había metido en busca de algo de valor. 
Pero en vez de joyas y dinero, la lanzadera muy puntiaguda de la máquina de hilar y tejer, le había sacado el ojo. Y entonces el ladrón pedía justicia, porque había recibido un daño irreparable, por culpa de un hombre que tenía en su casa, objetos muy peligrosos.
El príncipe aceptó la tesis del ladrón, y dirigiéndose a los tejedores, les dijo que tendrían que compensar al ladrón por el ojo que había perdido. En el acto, ordenó a los guardias que sujetaran al hombre y que le sacaran un ojo.
Al ver la gravedad del caso, el tejedor quiso argumentar algo en su defensa, a lo cual el príncipe accedió, y así dijo: “Oh, mi señor que gobiernas con justicia y sabiduría estas tierras, estoy de acuerdo con tu sentencia y dispuesto a que se haga tu voluntad en mi ojo”.
“Solamente quiero recordarte que yo utilizo los dos ojos para asegurarme que ambos lados de las telas y alfombras sean de la misma calidad. Y si me sacas uno de mis ojos, ya no podré garantizar la calidad de mis productos para mis clientes”.
El príncipe le dio la razón al tejedor, y entonces el tejedor agregó: “Majestad, yo tengo de vecino a un zapatero, que por lo que he visto, no necesita de los dos ojos para su trabajo”.
Entonces, el príncipe mandó a traer al zapatero, y como no sabía de qué se trataba, no argumentó nada en su defensa. Los guardias lo sujetaron y en el acto le sacaron un ojo, y la justicia fue hecha.
Este es un cuentecito de Kibrán Jalil, conocido como Ela Profeta del Líbano, y viene a cuento por los hechos de violencia provocados por los “estudiantes” normalistas de Ayotzinapa, quienes en su reclamo por los muertos y desaparecidos de esa escuela, están provocando daños y perjuicios incalculables a la sociedad. 
Es un absoluto contrasentido reclamar justicia y solicitar el apoyo de la sociedad, utilizando discursos basados en mentiras y falsedades. Tal es caso de seguir reclamando a 43 desaparecidos, cuando desde el 30 de septiembre apareció un video de la periodista Andrea Newman de Excélsior en el cual comenta inequívocamente que ya habían aparecido 19 de los normalistas que estaban en la lista de “desaparecidos”. El video permanece en YouTube a disposición del público.
Otra flagrante mentira es que los ciudadanos tixtlecos apoyan incondicionalmente a los estudiantes de Ayotzinapa. Es verdad que la policía comunitaria y algunas organizaciones indígenas se han “colgado” del movimiento estudiantil, debido a que se han desdibujado ante la sociedad, y aprovechan para volver a tener un poco de presencia.
Pero Tixtla es una ciudad demasiado pequeña, que no rebasa los 12 mil habitantes, en donde los que no tienen la fortuna de ser maestros o burócratas, son campesinos, en una región donde ser campesino significa estar atenidos al temporal de lluvias para el progreso de sus cultivos, y utilizar la mitad de la cosecha para el autoconsumo.
Es completamente falso que los tixtlecos apoyen a los estudiantes llevándoles despensas. Es falso que les lleven paquetes de botellas de agua, cajas de aceite y bolsas de azúcar, porque no los tienen ni para ellos. 
En Tixtla es común la creencia de que “No da el que tiene, sino el que quiere”, que se refleja en las muchas festividades que celebran durante todo el año, durante las que se prodigan con los visitantes ofreciéndoles comida y bebidas como si vivieran en la abundancia.
Y debido a lo mismo, durante las marchas, no faltan las gentes de buen corazón que les ofrezcan pedazos de naranja y “agua fresca” (limonada). Más la mayoría de tixtlecos se encuentran igual de recelosos pensando hasta donde llegarán las atrocidades de los “ayozivándalos”.

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