miércoles, 28 de junio de 2017

COLUMNA

COSMOS
Hector Contreras Organista
Don Fortunato (Nato) Morales
-Cantinero-

Un delicioso caldo de camarón guisado con chile guajillo, epazote y cebolla, servido humeando todavía en un pequeño recipiente de cristal, era lo que el cantinero don Fortunato Morales Rodríguez (Nato Morales), servía diariamente –de lunes a sábado- a las 3 de la tarde en su cantina El Refugio, localizada en el número 32 de las calles de 5 de mayo de Chilpancingo. 
Era la botana ideal para degustar cervezas frías, tequila o un exquisito mezcal. Entrado en años, moreno, de bigote hitleriano y de señalada calvicie, de un carácter que a veces parecía impenetrable y en otras mostrándose amistoso como pocos, con frecuencia
decía con voz de trueno desde atrás del mostrador: ¡Pagando, cochos, porque va a temblar!, intentando obligar a los parroquianos a que en cuanto se les sirviera pagaran la cuenta, debido a un acontecimiento nada grato para el carismático cantinero.
Cierta ocasión en que la cantina estaba llena a tope, cuando ya Nato y su ayudante el Chatán, es decir, don Sebastián Sánchez Galeana habían servido las primeras tandas en cada una de las mesas y en la barra, el ambiente estaba en su punto de consumo máximo  y la rockola tocaba las canciones favoritas de Nato: Peleas (con Altemar Dutra), Magia Blanca (con los Hermanos Carrión) y Vuela, Paloma Blanca, Vuela cuando de pronto comenzó un movimiento telúrico que alarmó a la clientela que en un abrir y cerrar de ojos salió despavorida, tumbando incluso la mampara que Nato colocaba a la entrada del establecimiento: todos los clientes se le fueron sin pagar.
Por ello al día siguiente, haciendo uso del jocoso, afectivo, vaginal y fraternal término calentano, espetaba: ¡Pagando cochos, porque va a temblar! En cuanto los bebedores ocupaban una mesa y les servían sus bebidas favoritas, solícito el Chatán, siempre con una franela roja en el hombro, que usaba para limpiar las mesas, colocaba la botana. Lo primero que ofrecía era el caldo de camarón, luego la cecina, le seguía un plato con chicharrón copado de jitomate, cebolla y chile verde, después algunas rebanadas de queso seco con rajitas de chile en vinagre y finalizaba con algunos vegetales hervidos y semillitas de calabaza doradas.
A nadie se le repetía el caldo de camarón ni la cecina, pero no faltaban quienes pidieran más botana, a lo que don Fortunato respondía a gritos: ¡A comer a ca’, Lionchi, cabrones! Doña Leonchi, (señora Leonarda Martínez Rodríguez) era propietaria de un restaurante que se localiza en las proximidades de lo que fue la cantina El Refugio (Belisario Domínguez 21) conocida así, como doña Leonchi, y allá mandaba Nato a sus peticionarios, porque lo que él ofrecía era solamente una botana, pero para comer formalmente recomendaba a el restaurante de doña Leonchi.
Había en la cantina varios cuadros promocionando el consumo de bebidas: “Si a este mundo vino y no toma vino, entonces, ¿a qué chingaos vino?”, rezaba uno. Otro: “El camello es el animal que dura más tiempo sin tomar: ¡No seas camello!”. Terciaba otro con la siguiente leyenda: “¡Oh, Señor, Señor, mándame pena y dolor, mándame males añejos, pero tratar con pendejos no me lo mandes Señor!” Había un marco que contenía la caricatura de Nato, hecha con pulcritud por don Ignacio Álvarez Torres, don Nachito.
Hacia la pared norte, estaba una mesa especial, colocada frente a la puerta que conectaba el bar con la vivienda del Chatán y su muy trabajadora familia. Esa mesa permanecía sola hasta que llegaban los más asiduos clientes de El Refugio: el profesor Javier Méndez Aponte, el profesor Efraín Varela Encarnación, don Humberto Rodríguez Sánchez, El Trapo, y otros muy populares personajes conocidos como La Periquita y La Güera Minera, que eran homosexuales. Se le llamaba La Mesa Imperial o La Mesa de la Reina y a ella eran invitados algunos jóvenes estudiantes a quienes los anfitriones les pagaban lo que quisieran beber.
Pudiera decirse que “la época de oro” de la popular cantina cubrió dos décadas, la de los años 60 y 70’s habiendo pasado en ese tiempo por El Refugio una clientela que formaría ejércitos y que acudían a degustar los sabrosos caldos de camarón de Nato Morales, aunque se sabía que quien cocinaba y preparaba los caldos en casa era su esposa, doña Herminia Cuevas Salgado, que por medio de los hijitos del Chatán (Catalina, Eliseo, Rubén, Odilón o Salvador –los otros cuatro eran muy pequeños- hacía llegar la olla con el caldo a la cantina exactamente a las tres de la tarde, lo que al paso de los años se convirtió en una costumbre y después en un ritual.
Fortunato Morales Rodríguez era un joven que trabajaba para el gobierno del estado como empleado. Se desató una etapa política muy ríspida cuando Juan Andrew Almazán se disputaban la presidencia de la república. Fortunato Morales, como muchos otros paisanos, apoyaban al candidato nacido en Olinalá, era, pues, “almazanista”. Como si hubiera cometido el peor de los crímenes, fue despedido del trabajo e incluso vio en peligro su vida y se retiró de la burocracia.
Debido a la necesidad de trabajar en alguna actividad fue apoyado por su familia, y particularmente por su hermana Dolores. Es así como estableció la cantina. Doña Lolita fue quien comenzó a preparar los famosos caldos de camarón que pronto atrajeron mucha clientela. El Refugio abrió sus puertas sobre la avenida Guerrero, donde años después estuvo la tienda de abarrotes La Puerta del Sol. Esto debió haber ocurrido en 1938 ó 1939. Luego se fue a rentar una casa localizada casi en la esquina de Corregidora y Rayón, hacia la parte sur. Después compró la casa de 5 de mayo donde alcanzó popularidad como cantinero.
Don Isidro Morales y doña Antonia Rodríguez tuvieron varios hijos: Antonio, Isidro, Dolores, Fortunato, Bulmaro y Leopoldina. Se tiene una leve idea de que don Isidro y doña Antonia fueron originarios de Chilapa. Don Fortunato casó con la señora Herminia Cuevas Salgado, hermana de don Enrique Cuevas quien sería posteriormente dueño de la tienda La Puerta del Sol, ellos originarios de Teloloapan. Otro de los Morales sobresalientes fue don Bulmaro, hacedor, con su esposa doña Celestina Castro, de una deliciosa barbacoa, que aun pervive como gran tradición culinaria en Chilpancingo.
Cuando falleció don Fortunato Morales Rodríguez –de hidropesía, el día 10 de mayo de 1986, a las 7 de la mañana, habiendo sido atendido en el Sanatorio del Carmen- desde su internamiento hasta el momento que expiró, lo acompañaron en su lecho de muerte doña Paulina López Marcos, esposa del Chatán quien había fallecido el 30 de noviembre de 1977, y sus pequeños hijos Catalina y Eliseo. De sus familiares solamente el licenciado Antonio Morales Alarcón estuvo atento de la atención médica.
Su cuerpo se veló en la casa paterna, calle 5 de febrero número 17, Barrio de San Antonio. De ahí partió el cortejo fúnebre hacia el panteón municipal. Nato Morales fue acompañado a su última morada por cientos de personas que lo apreciaron y valoraron como lo que fue y sigue siendo, uno de los personajes más queridos por sus paisanos.
Aquel detalle del temblor y de su reclamo de pago a los parroquianos es uno de los registros humorísticos más socorridos entre los chilpancingueños, por eso tal vez quedó anotado en el anecdotario de la capital guerrerense, y propiamente en el corrido “Mi Tierra Chilpancingo”:
Aquí hubo cantinas especiales,
la Bohemia y Luis Santos con su bar;
lo mejor en caldos, Nato Morales:
¡’Ora cochos no se vayan sin pagar!

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