martes, 4 de julio de 2017

COLUMNA

De Frente
Miguel Angel Mata Mata
Mataron a Abundio. Dicen que fue por la cuota. Que ya le habían dicho que abrir negocios en la Zona Diamante lleva riesgo. Uno de sus socios ha sido diputado local y regidor. No ha dicho palabra alguna. Habían roto la sociedad y le volvieron a llamar para hacerse cargo. En el Barrio se sintió: mataron a Abundio Martínez, hijo de quien inventó el famoso Amigo Miguel, aquí en La Playa.
Alejandro Martínez, panista bien metido en la Cámara de Comercio, lleva meses gritando al muro de los lamentos: han cerrado miles de negocios en Acapulco porque ya no aguantan el cobro de piso. La migración de pequeños empresarios del puerto crece.  Los que tenían se han ido hasta Canadá; los medianos a Puebla. Aquí nos hemos quedado los pobres,
sostiene.
Un pasaje ilustra: María vende picadas (sopes) en la esquina de 16 de septiembre y Cuauhtémoc, por el mercado central. Los inspectores municipales de Vía Pública quisieron infraccionarla.
“Pérate”, les dijo. Llamó por teléfono a Lamaña. Lamaña llegó y se llevó a los inspectores. Nadie sabe si volvieron a cobrar su quincena de mil 500 pesos.  ¿Alguien sabe qué apellidos tiene esa señora llamada Lamaña?
El gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo Flores, ha sostenido que la raíz de la brutal violencia en Acapulco, y casi todas las regiones en Guerrero, está en la producción de goma de amapola que, procesada, se convierte en heroína y tiene alta demanda en Estados Unidos. En Guerrero, los productores de goma son pobres. Muy pobres.
Acapulco, cuyo cinturón de riqueza es la costera Miguel Alemán, se convirtió en centro de recepción y envío de cocaína, proveniente de Colombia, a Estados Unidos. Los dueños de pandillas que compran y venden perico contratan, aquí, a jóvenes y niños que viven en el gigantesco cinturón de miseria acapulqueño.
Pagan mil pesos a la semana por pertenecer a sus cartelitos. La vida de éstos niños pobres está echada: en tres años acabarán en una cárcel o, más probable, muertos. Otra vez el origen es la pobreza.
El gobierno federal, cuyo conocimiento del fenómeno del narcotráfico se remonta a 1939, cuando la marihuana y la heroína fueron legales en México, y que fue cuando decidió ceder a la voracidad de Estados Unidos, condenó, desde entonces, a la ilegalidad y pobreza a millones de pobres en regiones como Guerrero y Acapulco.
Ninguna otra instancia tiene clara la radiografía del fenómeno que deja pocos millonarios y muchos pobres, como el mismo gobierno federal.
El lunes, al inaugurar otro túnel en la zona turística de Acapulco, el presidente de México, Enrique Peña Nieto, escuchó a uno de los empresarios que no se han ido de Acapulco y cuyo origen de su familia se remonta a la mitad del siglo pasado, cuando el auge de la marihuana inventó fortunas y apellidos.
El joven chef le pidió meter a la cárcel a quienes bloquean carreteras. Curioso dato: quienes recurren a ese método extremo son, por lo regular, pobres.
El joven Palazuelos fue sentado a la siniestra del Presidente, a la diestra de Peña, el gobernador. Por ahí, en primera fila, se vio a Carlos Slim y a una figura conocida por los acapulqueños.
Nosotros le llamamos Tlahuica Junior pues, su padre, fue Tlahuica, manejador de marionetas que nos divertía en El Zorrito. Hoy le llaman Costeño y es uno de los mejores cómicos del país.
Casi en la última fila, lejos de Enrique Peña Nieto, sentaron al presidente municipal de Acapulco, Evodio Velázquez Aguirre. ¿Razón, causa, motivo para tal afrenta? Debe tener la respuesta a esa incógnita el Estado Mayor Presidencial, instancia que, lo sabe todo mundo, se encarga de las giras del jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.
Pero, y aquí viene otra vez el asunto de la pobreza, Evodio, en singular, siempre será Evodio. En plural, sin embargo, representa a todos los pobres que aun vivimos en este municipio abandonado a su suerte por una federación que, teniendo el diagnóstico de la violencia, la administra en beneficio ¿de quién?
Los reporteros que aprendimos en las redacciones escuchábamos la recomendación de nuestros jefes: una foto habla por mil palabras. Luego, aprendimos de grandes y supimos que la semiología es una ciencia que se encarga del estudio de los signos en la vida social. El lunes hubo uno de estos casos.
Sentar lejos del poder al alcalde de un municipio sumido en la violencia cuya raíz se encuentra en un problema de narcotráfico, cuya radiografía tiene bien clara la federación, la que administra un fenómeno que deja millones de dólares, miles de muertos y millones de pobres, no puede sino llevarnos a una conclusión: el gobierno federal es aporófabo. ¿Y qué cosa es eso?
Aporofobia es un concepto acuñado en los años ochenta que hace referencia al rechazo a la pobreza, que se manifiesta a través del odio hacia las personas pobres, sin recursos o sin techo. Entre más lejos las tengan, mejor para los aporófabos.
¿Estamos ante un estudio de caso? Tal vez.
(*) Aporófabo: quien ejerce la aporofobia.

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