miércoles, 5 de julio de 2017

COLUMNA

De Frente
Miguel Ángel Mata Mata

Pudo evitarse el espectacular accidente en La Escénica
Se llamó Salvador Hernández. Le decíamos el Capi Hernández. Curioso caso de amor fraternal convertido en icono del Acapulco aquel, cuando caminábamos bajo la lluvia, incluso a la madrugada, o cuando concluíamos la discoteca, por ahí de las cuatro de la mañana, en la imperdible esquina de Costera y José Marías Iglesias: Tortas Chavelas. ¿Lo recuerdas, Juan Carlos Moctezuma?
Imaginen al capitán Hernández, que no fue militar. Obtuvo su grado por la misma sociedad. Fue jefe de bomberos y eterno director de tránsito municipal. Famoso por muchas cosas. Una que ilustra su personalidad: arrancó, a la hora del pase de lista, el uniforme a un
agente de tránsito sorprendido cuando extorsionaba a los ciudadanos.
Montaba operativos curiosos. Operativo Beethoven, para quitar los sonidos con altos decibeles a los choferes de los camiones urbanos. Operativo Figaro, para cortar el pelo a taxistas greñudos y choferes y chalanes de los camiones urbanos y taxistas. Operativo Camay, para bañar a los choferes y chalanes mugrosos. Operativo sastre, para quitar del volante a taxistas que circulaban sin el uniforme de su agrupación.
Un operativo especial, el Charolastra, para hallar a falsos periodistas que presumían, con charola de prensa, esa condición sin pertenecer al gremio, pero, eso sí, pintaban en el medallón de sus coches, con letras grandototas, la insignia: PRENSA. ¡Ah, y mostraban credenciales hasta del “Niuyortaims”!
El operativo Kleen Bebé, para obligar a los calandrieros a colocar recipientes para los desechos de sus caballos. O el operativo escuelas, para evitar congestionamientos, sobre todo en  Costera, Ejido, Cuauhtémoc, Constituyentes. O el Taxi Seguro, que consistía en llevar a los turistas excedidos de copas, a sus hoteles.
Alguna vez disfrazó a un reportero, Abel San Román Ortiz, del periódico Novedades, como agente de crucero. Nuestro compañero no daba crédito: fueron los ciudadanos los que ofrecían la “mordida”, para violar el reglamento de tránsito.
Así demostró nuestro amigo, el Capi Hernández, que la corrupción, en asuntos de vialidad, es como el serrucho: de aquí para allá y de allá para acá.
En aquel tiempo, cuando los ocho kilómetros de la costera se recorrían en quince minutos, no había tantos semáforos. Tampoco retornos en hoteles importantes. Los sitios de taxis en los hoteles estaban dentro de las propias hospederías. Los camiones con turistas eran confinados al estacionamiento de Caleta, donde hoy existe un mercado de ambulantes.
Hubo dos reglamentos, en particular, que distinguieron al Capitán: a lo largo de la costera se leía, casi en cada palmera: Éste es un paseo turístico, no una pista de carreras.  Límite de velocidad: 40 kilómetros por hora.
Uno más, en ambos accesos a la avenida Escénica: prohibido a camiones pesados circular por ésta vía, entre cinco de la mañana a doce de la noche. Similar prohibición a las empresas que surtían a los negocios: hora de carga y descarga: nocturna.
Entonces no circulaban los soeces taxis amarillos ni los pervertidos de las rutas alimentadoras. Nuestra vialidad era nuestra, de los ciudadanos.
Hoy no es así. El martes, un camión de volteo, supuestamente propiedad de un diputado local del PRI que pretende ser presidente municipal de Acapulco, se quedó sin frenos al bajar por la avenida Escénica, en un horario que antes fue prohibido.
Habrá que dar un reconocimiento al chofer quien, con su pericia, evitó una tragedia cuya culpa recae en el propietario de la unidad quien, evidentemente, no le dio mantenimiento al camión y pudo provocar la muerte de decenas.
¿Y la dirección de tránsito municipal que debiera vigilar el respeto a la cultura vial en Acapulco? Bien gracias.
Son observadores cuando camiones pesados usan, en el día, la Escénica; las empresas descargan en los negocios durante en el día; los taxistas y urbaneros hacen suyas las calles; los amarillos invaden impunemente el carril del acabús.
Cómo se extrañan aquellos tiempos cuando un capitán, cuyo grado se lo dio la sociedad, ponía orden. Hoy son militares quienes están al frente de la dirección municipal de tránsito y, evidentemente ponen en riesgo nuestras vidas. Ponen desorden, pues.
Por cierto: el agente corrupto despedido sin honores por el capitán Hernández, hoy es un respetable líder sindical. Los chalanes y choferes de urbanos hoy son greñudos, tatuados, mugrosos y malolientes.
Los sonidos de sus autobuses violan todo reglamento ambiental. La costera es gigante estacionamiento de autobuses de turistas, las velocidades exceden, cuando no hay tráfico, los cien kilómetros por hora.
¿Y los agentes de tránsito dirigidos por militares? Pareciera que tienen actividades más interesantes que evitar tragedias.
Por cierto. La gente anda preguntado ¿En qué trabaja la dirección de tránsito municipal?

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