martes, 4 de julio de 2017

ARTÍCULO

Elogio de la locura
Apolinar Castrejón Mario
El sacerdote católico Erasmo escribió un libro sobre la locura, tema por demás insólito, y más porque le dio forma de discurso en el que la locura se describe a sí misma y expresa sus bondades y ventajas. El título del libro es El Elogio de la Locura.
Erasmo era originario de Rotterdam, e inició su libro diciendo que ya otros grandes personajes habían escrito temas extraños: “Homero cantó las guerras de las ranas y de los ratones en la Batracomiomaquia; Virgilio, a los mosquitos y al almodrote; Sinesio, a la calvicie; y Ovidio, a las nueces”.
“…fijaos en que apenas me he presentado en medio de esta asamblea para dirigiros la palabra, en todos los rostros ha brillado de repente la alegría.  Habéis desarrugado el entrecejo y habéis aplaudido con carcajadas, que a decir verdad, todos los aquí presentes me parecéis ebrios”.
En la época de Erasmo el lenguaje estaba menos evolucionado, así que utilizó el término necedad, en el mismo sentido que actualmente utilizamos locura y en consecuencia locos son lo mismo que necios. Y nosotros hacemos la aclaración que cuando hablamos de locos y necios, no nos estamos refiriendo al presidente Enrique Peña Nieto.
“¿Hay cosa más natural que el que la necedad
entone sus propias alabanzas y se dé bombo a sí misma? A no ser que por casualidad se encuentre entre vosotros alguno que me conozca mejor que yo. De esta manera doy pruebas de ser más modesta que esos hombres que, depuesto todo pudor, suelen sobornar a un retórico adulador o a un poeta parlanchín para oírle recitar sus alabanzas, que no son más que purísimas mentiras”.
Quizá usted recuerde que en el colmo de la abyección el joven “político” panista Roberto Gil Zuarth le dijo al entonces presidente Felipe Calderón que “…quería ser como él, cuando fuera grande”. Aún no sabemos qué quiso decir, porque Calderón es uno de los presidentes más chaparros que hemos tenido.
Enseguida, la locura empieza a hablar acerca de su origen: “No debo mi nacimiento ni al Caos, ni a Plutón, ni a Saturno, ni a Júpiter, ni a ningún otro de los dioses podridos de vejez, sino que me ha engendrado Pluto, que es el supremo dios, el padre de los dioses y de los hombres”.
“…Pluto, por cuyo arbitrio se rige la guerra, la paz, los imperios, los consejos, la justicia, las asambleas populares, los matrimonios, los tratados, las alianzas, las leyes, las artes, lo cómico, lo serio, en una palabra, todos los negocios públicos y privados de los hombres”.
“Este es el padre de quien nací y me envanezco; pero no porque me haya sacado de su cabeza, como lo hizo Júpiter con la tétrica y ceñuda Minerva, sino por haberme engendrado en Hebe, ninfa de la juventud, que es mil veces más bella y más alegre”.
¿Para qué voy a insistir, como si no llevase grabado en el rostro y en la frente qué clase de pájaro soy, como dice el pueblo, o como si alguno que me confundiese con Minerva o con la Sabiduría? En mí no hay lugar para el engaño, ni llevo una cosa en el corazón y otra en la boca; soy siempre y en todas partes idéntica.
Ingrata, sin duda, es esta clase de hombres que, siendo mis más fieles partidarios, avergüénsanse de mi nombre delante del mundo, y lo lanzan con frecuencia a los demás como un grave insulto.
De su nacimiento, la locura dice que ella no comenzó llorando en la vida, sino que al abrir los ojos, “…sonreí amorosamente a mi madre; y no envidio a Júpiter la cabra que le amamantó, porque a mí me dieron el jugo de sus pechos dos graciosísimas ninfas: la Embriaguez, hija de Baco, y la Impericia, hija de Pan.
Y luego habla de sus “madrinas” que presenciaron su nacimiento: “Esta que veis de aire arrogante, es el Amor Propio; esta otra de ojos risueños, con las manos ligeras para el aplauso, se llama Adulación; aquella que está como aletargada y que parece dormir, se llama Olvido; y esta más, que se apoya sobre sus dos codos, con los brazos cruzados es la Pereza;  finalmente, la que luce una corona con una guirnalda de rosas, e impregnada de perfumes es la Voluptuosidad.
El 11 al 12 de julio de 1536, murió Erasmo de Rotterdam, en Basilea ciudad suiza ubicada en la frontera con Francia y Alemania. Fue enterrado en la catedral del lugar. El lema de toda su vida fue: “Cuando tengo un poco de dinero, me compro libros. Si sobra algo, me compro ropa y comida”.

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